conocí a Juan Gris.
era un hombre sin cabeza
pero con un traje impecable.
tenía los pantalones planchados
y una sonrisa en los labios,
que no tenía.
no lo sé con certeza,
pero no me pareció real.
vestía de smoking largo
y fumaba cigarros caros;
exhalando humo invisible.
y hablé con juan gris
quien decía ser feliz.
me contó del golf y de su mujer,
de sus tres hijos y su institutriz;
del gobierno actual
y del que iba a venir.
hablaba de reuniones ocasionales,
de partidas de póquer sin fin.
y no paraba de hablar.
mencionó dos o tres veces
lo agradable que era su trabajo.
y al decirlo sonreía.
y yo solo asentía.
siguió hablando durante horas,
hasta que no pude más.
le interrumpí,
mientras el encendía,
con sumo cuidado,
su enésimo cigarro.
y hablé de lo que era importante para mí:
mis sueños, mis ideales, mis anhelos.
le conté del amor y de la vida,
expresé todo lo que sentía.
le hablé de arte, de magia,
de mundos donde reinaba la fantasía.
y le dije que el póquer era obsoleto,
que el golf era lento
y el gobierno un mal invento.
le pregunté por su trabajo:
¿cómo le podía gustar tanto,
siendo usado como objeto?
juan gris se molestó.
me dirigió las últimas palabras
de la conversación:
"tú eres un perdido,
un vagabundo, un idealista,
un hippie hecho y derecho.
eres de esas personas
que se la viven soñando,
aún cuando están despiertas.
eres raro y te gusta serlo.
no sé ni porque te dirigí la palabra,
con esas fachas que traes encima"
me lo dijo con tal ira y desprecio,
que creí que hablaba en serio.
se fue dejando rastro de sus cigarrillos,
y yo no pude agradecerle
todo lo que me había dicho.
entonces, detrás de juan gris,
pude ver una puerta.
y debido a mi condición
de no ser un gato,
entré sin temor alguno.
detrás de ella
existía toda una ciudad,
donde todos los hombres,
los niños y las mujeres,
eran como mi amigo juan gris:
frívolos, superficiales y decapitados.
conozcan a juan gris,
pero si quieren ser como él,
de la sociedad un maniquí,
pues, no le hablen de mí.
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